
Un estudio de enero 2026 liderado por el profesor Philip Hyland, del Departamento de Psicología de Maynooth University, ha concluido que tras la muerte de un animal de compañía las personas pueden experimentar niveles clínicamente significativos de trastorno de duelo prolongado (PGD, por sus siglas en inglés)y, sin embargo, las guías sobre PGD no tienen en cuenta el duelo por un animal.
Esto es importante porque debería contribuir a que esta evidencia se reconozca en más ámbitos; todavía hay demasiadas personas que se sienten avergonzadas por pasarlo tan mal ante la pérdida de su perro o gato.
El estudio, basado en una encuesta a 975 personas adultas del Reino Unido, halló que el 93% de las personas que habían vivido la muerte de un animal de compañía también habían vivido la muerte de una persona. Cuando se les pidió que identificaran el duelo que más malestar les había causado, más de una de cada cinco, es decir, el 21% de estas personas, eligió la muerte de un animal de compañía.
El PGD se ha definido por dos síntomas “centrales” -anhelo por la persona fallecida y preocupación persistente por la persona fallecida- y un conjunto de síntomas “asociados”, entre los que se incluyen dolor emocional intenso, sentimientos de culpa o tristeza y dificultad para aceptar la muerte.
En este estudio, el 7,5% de quienes habían perdido a sus animales de compañía cumplía los criterios diagnósticos de PGD.
Esa cifra fue muy similar a la proporción de personas que habían sufrido la muerte de un amigo cercano (7,8%), de un familiar como un abuelo o abuela (8,3%), de un hermano o hermana (8,9%) e incluso de la pareja (9,1%). Solo la muerte de un padre o madre (11,2%) y, en particular, la muerte de un hijo o hija (21,3%) fueron claramente más altas.
El autor del estudio, el profesor Hyland, señala que, a pesar de la abundante evidencia de que las personas crean vínculos fuertes con sus animales de compañía y de que experimentan altos niveles de duelo tras su muerte, las guías actuales no permiten diagnosticar PGD después de la muerte de un animal de compañía.
“Si las personas pueden desarrollar niveles clínicamente significativos de duelo tras la muerte de un animal de compañía, entonces es esencial que esto se reconozca en la literatura científica para que los profesionales de la salud mental puedan comunicarse con el público de un modo adecuado y preciso, y para que las personas que necesitan y desean atención clínica tengan la oportunidad de acceder a ella”, afirma.
Hyland considera que las guías sobre PGD deberían ampliarse para incluir también a los animales: “Si tenemos en cuenta la evidencia de que la gente ve el duelo por la muerte de un animal de compañía como menos legítimo que el duelo por la muerte de una persona, y que muchas personas que están de duelo por la pérdida de su animal se sienten avergonzadas y aisladas por ello, la decisión de excluir esta pérdida del criterio de duelo para el PGD puede considerarse no solo científicamente errónea, sino también insensible”.
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