
El posible papel del dolor en los problemas de comportamiento en perros es ampliamente reconocido pero sigue siendo ignorado en demasiadas ocasiones. De ahí la importancia de un estudio en el que han participado expertos (veterinarios y etólogos veterinarios) de EEUU, el Reino Unido, España y Canadá analizando sus propios casos clínicos.
El dolor, en demasiadas ocasiones, puede estar directamente tras un presunto problema de conducta o, como mínimo, puede estar amplificando ese problema.
La prevalencia llega a alcanzar el 82% (es decir, en ciertos casos, una elevada mayoría de perros que tienen presuntos problemas de comportamiento lo que tendrían, en realidad, es algún tipo de dolor que causa o empeora esos problemas). Por esto mismo es TAN importante hablar con nuestros veterinarios antes de nada si nuestro perro tiene cambios de comportamiento o problemas de comportamiento.
Muchas de esas condiciones, aclaran los autores del estudio, pueden sospecharse mediante una observación cuidadosa del paciente. En general, concluyen, es preferible tratar primero el dolor sospechado en lugar de considerar su relevancia solo cuando el animal no responde a la terapia conductual.
Los autores sostienen que actualmente existe una infra-notificación de la relación entre dolor y problemas de comportamiento, lo que limita gravemente el reconocimiento de este problema de bienestar tan importante.
En su experiencia, la estimación más conservadora es que el 33% de los casos remitidos por comportamiento implican dolor pero en algunos centros casi llega a superar el 80%
Los tipos de dolor que predominan son:
En el estudio, han establecido cuatro categorías esenciales en torno a dolor-comportamiento:
1. La queja principal es una manifestación directa del dolor o lo que es lo mismo, el motivo de consulta conductual es, en realidad, una expresión directa de malestar físico.
La agresión defensiva es uno de los ejemplos más frecuentes. Los autores describen perros que:
En perros con dolor musculoesquelético crónico, las mordidas suelen:
La agresión funciona como una estrategia para evitar más interacción cuando el movimiento o el contacto duelen.
También hay consultas por cambios de comportamiento o "aprendizaje" y aquí, la conexión es igual de directa: un perro que no quiere sentarse, saltar o realizar ejercicios puede estar evitando una postura dolorosa (por ejemplo, displasia de cadera).
Igualmente hay conductas “compulsivas” con base médica, problemas conductuales que son, directamente, una expresión del malestar físico:
2. Dolor no identificado tras el que aparecen problemas secundarios asociados al problema de comportamiento principal
En estos casos, el problema conductual principal puede tener una base emocional, pero algunos signos persistentes o “resistentes” están sostenidos por dolor no diagnosticado.
Ejemplos descritos:
Una señal de alerta es cuando:
3. Empeoramiento de un problema existente
En esta categoría, el dolor no causa el problema, pero lo intensifica o lo generaliza. El estudio explica que el dolor induce un sesgo cognitivo negativo, los perros reaccionan "temiéndose lo peor" por así decir, algo que puede aumentar su ansiedad, miedo, frustración o irritabilidad.
Y es, además, bidireccional: la ansiedad puede hacer que el perro sienta aún más dolor.
Ejemplo, sensibilidad a ruidos en perros con dolor musculoesquelético:
Puede sospecharse dolor cuando:
4. Signos conductuales adjuntos asociados al dolor
Estos no son necesariamente manifestaciones directas de dolor, pero aparecen con mayor frecuencia en animales con dolor crónico. Los autores prefieren llamarlos “conductas adjuntas asociadas al dolor” porque no siempre está claro si son dolor en sí o respuestas secundarias.
Entre los signos citados:
En razas como el pug, más de tres cuartas partes de los individuos con postura anómala al sentarse también presentaban marcha anormal, y mayor prevalencia de conductas adjuntas como lamer el aire o fly snapping.
Los autores especulan que los animales con dolor pueden sentirse más vulnerables y expresar mayores niveles de ansiedad. Esto puede generar frustración, ya que el coste de acceder a recursos aumenta cuando hay dolor asociado. Y su conclusión para veterinarios y etólogos es clara: no debemos descartar el papel del dolor, incluso si el vínculo parece improbable o no está documentado.La analgesia de prueba puede no confirmar definitivamente un foco doloroso, pero protegerá el bienestar del paciente y puede evitar la necesidad de un programa de modificación conductual que el tutor podría tener dificultades para aplicar.
Es decir, reiteran, se recomienda tratar primero el dolor sospechado en lugar de considerar su relevancia solo cuando el animal no responde a la terapia conductual.
Podéis consultar el estudio completo aquí.
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