
El Dog Aging Project es un proyecto de investigación impulsado por la Universidad de Washington y la Universidad Texas A&M. Sigue a decenas de miles de perros, con la colaboración de sus familias y profesionales veterinarios, para comprender cómo la genética, el estilo de vida y el entorno influyen en la salud, el envejecimiento y la longevidad.
Su objetivo es identificar formas de prolongar los años de vida con buena salud de los perros y generar conocimientos que también puedan beneficiar a las personas, ya que ambas especies comparten entornos y desarrollan enfermedades similares relacionadas con la edad.
A partir de los datos de más de 40.000 perros de familia en EEUU -registrados dentro del Dog Aging Project- los investigadores ofrecen información sobre la longevidad canina.
Estos son algunos de los datos que aporta este estudio que se puede consultar íntegro en GeroScience:
Un mayor tamaño se asocia con una vida más corta. Las medianas de vida oscilaron entre 13 y 14 años en los perros pequeños y entre 9 y 10 años en los gigantes de razas reconocidas por el American Kennel Club (AKC). El tamaño fue el predictor demográfico más fuerte de la longevidad aunque sigue habiendo variaciones considerables.
Los perros de razas reconocidas por el AKC tuvieron, en general, una vida algo más corta que los mestizos y los de razas no reconocidas por esta organización. Al comparar perros del mismo tamaño y sexo, las diferencias en la mediana de vida fueron mayores en los machos (entre 0,7 y 1,6 años) que en las hembras (entre 0,4 y 0,6 años).
Las hembras mostraron una ventaja de longevidad modesta y no significativa en todos los grupos. En concreto, las hembras de labrador retriever, pastor australiano y teckel tuvieron medianas de vida al menos un año superiores a las de sus respectivos grupos. Los cavalier king charles spaniel, dóberman, bóxer y gran danés de ambos sexos presentaron medianas al menos un año inferiores a las de sus grupos de comparación.
Una actividad física más frecuente y de mayor intensidad se asoció con menor riesgo de mortalidad: los perros que nunca participaban en juegos físicos presentaron un riesgo de mortalidad mayor.
Algunos indicadores de actividad física, como la energía y la disposición al juego, se asociaron con menor mortalidad. Por el contrario, conductas como defecar u orinar cuando el perro se queda solo (de día o de noche) se asociaron de forma significativa con un mayor riesgo de mortalidad.
Llevar a los perros a parques u otros espacios abiertos y que el perro comiera hierba se asociaron con menor riesgo de mortalidad.
No se encontró un efecto significativo del estado de esterilización tras estratificar por las características demográficas. Los autores subrayan que el 89 % de los perros ya estaban esterilizados al incorporarse y que será necesario analizar explícitamente el momento de la esterilización para aclarar los patrones de supervivencia.
Es importante destacar que los resultados no demuestran que modificar alguno de esos factores vaya a prolongar la vida de un perro.
Los autores destacan la posible influencia de factores no medidos, sesgos de selección y causalidad inversa: por ejemplo, que un deterioro de la salud modifique la actividad o el comportamiento.
Advierten expresamente de que la asociación entre comer hierba y una menor mortalidad no significa que dar hierba a un perro vaya a hacer que viva más (es más fácil que, sencillamente, los perros más sanos tengan más posibilidad de comer hierba, ir a parques, etc.)
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