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"Darte cuenta de la fragilidad de la vida, de que todo puede cambiar en un segundo, es algo que a mí ningún gurú me enseñó, lo hizo mi perro"

Héctor Serrano

Última actualización del articulo el día 22/07/2023

Entrevisté a Héctor Serrano, educador social y experto en intervenciones asistidas con animales, en plena pandemia para que nos contara cómo era su trabajo, cambiando la realidad de las personas en hospitales y en colegios en colaboración con sus canes, Perros de Apoyo Social.

Desde entonces sigo sus pasos y por eso cuando me encontré con esta belleza de imagen en sus redes le pregunté si querría compartir su historia con Corcho, Corchete, ese perro tan especial del que acababa de despedirse y que ahora estará siempre sobre su piel y en su corazón.

Este texto que ha escrito Héctor es largo, pero -de verdad- merece la pena dedicar un rato a leer todo lo que explica sobre su relación con Corcho: contiene lecciones de vida cruciales y emocionantes, muestra todo lo que un perro nos puede llegar a enseñar y a cambiar, cómo un perro puede contribuir a mejorar la vida de tantísimos seres humanos, cómo la generosidad de una persona puede ser también contagiosa, deja claro cómo un can se puede enroscar en tu corazón para siempre y, de paso, también nos enseña algo muy importante, la responsabilidad que adquirimos cuando decidimos compartir nuestra vida con un ser que dependará de nosotros para todo hasta el final, hasta su muerte.

Palabras llenas de amor perruno y verdad sobre un vínculo inquebrantable y sobre un perro inolvidable que vivirá para siempre, Corcho.

"En 2014 Corcho vino a mi vida sin yo quererlo o planearlo, mientras que yo hacía otros planes distintos. Yo tenía ya una labradora de 3 años, Karma, con quien trabajaba realizando intervención social, y me comentaron que una camada de su mamá había tenido un cachorro un tanto especial, y que estaban buscando a alguien que realmente supieran que iba a cuidarlo como se merecía. Y vinieron a mí y me plantearon la posibilidad de adoptarle. Lo único que me dijeron es que era ciego.

Era un bichito bola blanco precioso que no sabía para donde se movía, pero no paraba de moverse. Yo, aunque ya lo había estado pensando detenidamente, me enamoré nada más verlo (qué le vamos a hacer, es mi punto débil). En mi mente sólo había dudas de si iba a poder estar a la altura de poder cuidarle como se merecía, ya que jamás había tenido un perro ciego, pero recuerdo que pensé:la vida está para vivirla, ¡vivámosla!, y dije que sí, que yo lo cuidaría, que lo haría lo mejor que pudiera. Ahora, volvería una y mil veces a decir que si. Jamás pensé que esa bolita blanca cambiara tanto mi vida para bien.

Antes de llevarle a mi casa conmigo, comencé a diseñar un plan de entramiento para Karma, para que pudiera hacer las veces de “perra guía” para él. Pero, al poco de tenerlo, me di buena cuenta que su problema no era la ceguera y que ver, veía. Simplemente, sin haberle realizado las pruebas necesarias, habían supuesto que padecía una ceguera por sus movimientos raros, ya que comenzaba a caminar hacia un lugar pero se movía de manera muy torpe y acababa contra la pared o boca arriba.

Le llevé a una veterinaria a ver si podían darme un diagnóstico acertado, pero no supieron, me dijeron que quizá se le pasara durante su crecimiento, pero que clínicamente parecía estar todo bien. Como no me convenció fui a otro veterinario, que me dijo prácticamente lo mismo. Pero yo estaba seguro que no sabían dar con el diagnóstico no por falta de profesionalidad, sino de especialidad. Sabía que algo había, no sabía si sería una enfermedad rara o el qué, pero algo tenía.

Corcho se movía como si cada pata decidiera por sí misma sin contar con las demás, como si estuviera completamente borracho. Otras veces, cuando se sentaba, se vencía hacia delante con la cabeza. Cuando me lo ponía en el regazo, su cabeza se movía como haciendo pequeños círculos, como si fuera un tic nervioso. A mi me recordaba a los muñecos de perritos que ponen en la bandeja del coche y que con el movimiento mueve su cabeza como asintiendo. Por eso lo llamé para mí el síndrome del perro bandeja. Visité varios veterinarios distintos hasta que dí con una que casualmente había hecho su tesis sobre la patología que tenía Corcho: hipoplasia cerebelar.

La hipoplasia cerebelar es una patología del cerebelo (encargado de los movimientos que hacemos) donde el propio cerebelo no se desarrolla con normalidad (o tan siquiera se desarrolla) por lo que el animal carece del control de sus movimientos. Es una patología más común en gatos, no tanto en perros, pero casaba perfectamente con lo que Corchete hacía. No tiene cura, pero la parte buena de ello era que, al ser Corcho todavía un cachorrete de 3 meses, aún tenía una oportunidad de compensar los movimientos con aprendizaje externo, para intentar hacer su vida lo más autónoma posible. Esto es así por el principio de neuroplasticidad, el cerebro (y cerebelo) son plásticos, se amoldan a las circunstancias y experiencias en función de sus capacidades (sobre todo mientras se desarrollan). Es por eso por lo que diseñamos un plan de entrenamiento para él que llevé a rajatabla.

Lo llevé a rajatabla porque sentía su frustración de intentar jugar con los otros perros y no poder ni tan siquiera acercarse. Unicamente podía esperar a que algún otro perro se acercara, para entonces jugar. Intentaba caminar pero siempre se caía hacia un lado o acababa contra la pared más cercana.

Yo vivía cerca de un pantano, y cada tarde nos ibamos Corcho, Karma y yo a entrenar allí. El entrenamiento era sencillo, consistía en que caminara sobre superficies irregulares, donde cada pata tuviera una posición de altura diferente respecto a su cabeza (caminar sobre un suelo inclinado hacia un lado, o donde dos patas estuvieran en una roca un poco más alta y las otras dos en el suelo, etc). Ello haría que el cerebelo tuviera que trabajar arduamente para intentar, muy poco a poco, ir construyendo redes neuronales con toda esa información.

No fue nada fácil para él ya que al ser demasiada información para su cerebro, colapsaba y tenía ataques de movimientos espasmódicos en las patas. Para mí tampoco lo fue, acompañandole en esos momentos donde me miraba con cara de “ayúdame, no entiendo qué pasa”, y yo sólo podía quedarme con él sentado en el suelo acariciándole y diciendole cosas bonitas, hasta que sus patas se calmaban.

Muy poco a poco fue mejorando, y cada vez los ataques espasmódicos iban a menos (según su cerebro desarrollaba esta compensación). No nos perdimos ni una tarde el entrenamiento, ni tan sólo una, para intentar que aquello mejorara lo antes posible, hasta que, al año y medio, Corcho ya caminaba autónomo, sin ataques espasmódicos, y apenas sin caerse. Supo llegar a compensar su cuerpo y sus movimientos llegando a parecer (si no conocías su historia) un perro completamente normal pero torpe, como estos perros grandes adolescentes torpones que no saben gestionar muy bien todo su cuerpo.

Lo más importante para mí es que él era completamente feliz, aprovechó cada momento al máximo, y siempre que veía otro perro se acercaba incitando al juego. De hecho la interacción con otros perros era de lo que más le gustaba, quizá él lo valoraba más que ningún otro, por todo lo que le costó.

Creo que él supo gestionar al máximo su tiempo de estar bien, ya que la enfermedad fue una constante en su vida. Antes del año de vida, ya tuvieron que operarle para extirparle uno de los testículos, que estaba situado de nacimiento detrás de la vegija y había riesgo de tumorarse (hasta la esterilización fue complicada para él).

Pero, como digo,tan pronto se recuperaba, volvía a ser un perro que no paraba, todo lo investigaba, invitaba al juego a cualquier perro, no tenía problemas con ninguno.Las veces que otros perros le gruñían o le indicaban su malestar, él simplemente mostraba señales de calma y se tumbaba para dar a cada perro su tiempo. Si el otro perro no quería, no estaba dispuesto o seguía gruñendo o ladrando, él simplemente se daba media vuelta y se iba a continuar con su vida, como valorando cada momento y sin gruñir de vuelta. De hecho, jamás se peleó con ningún perro, ni una sóla vez. Las pocas veces que algún perro le marcó, simplemente se iba, jamás respondió. Casi como si pensara que su tiempo era demasiado valioso como para perderlo peleando.

Lamentablemente, la vida le tenía unas cuantas complicaciones más. A los dos años de edad, una mañana comenzó a sentirse mal, se cayó al suelo hacia un lado y le dió un ataque epiléptico. Por mi trabajo, tengo experiencia en epilepsia en humanos, por lo que supe reaccionar, pero no me lo podía creer. Todo mi deseo era que hubiera sido un ataque puntual, una adaptación neuronal de su cerebro momentánea (en ocasiones ocurre tanto en perros como en humanos). Pero no, a partir de ese momento la epilepsia despertó y le visitaba cada mes.

De las pruebas neurológicas que le realizaron, aparte de diagnosticarle la epilepsia, también confirmaron que padecía sordera de nacimiento. Ello no me sorprendió tanto, porque ya me lo temía. Él no reaccionaba a los estímulos auditivos y usaba mucho la vista para obtener información del entorno. De hecho, estaba todo el rato cerca de su hermana para que, en el momento que ella movía las orejas y miraba hacia una dirección, mirar él también a ver qué ocurría.

En mi caso, el tener un perro sordo no fue complicado (más allá de que si estáis en la calle y él está alejado no puedes llamarle). Fue algo bastante sencillo, las interacciones con él las hacía mediante gestos con la mano, y él entendía a la perfección. De hecho, me di cuenta de lo mucho que abusamos los humanos de los comandos verbales y de la voz, no permitiendo a los animales muchas veces darles sus tiempos de reacción, decisión o aprendizaje. Cierto es que le enseñé (a ambos) a que en la calle siempre me buscaran con la mirada cada poco tiempo, para poder darle indicaciones a Corcho de hacia dónde caminar, o de que se parara (aún así, en ocasiones me tocaba salir corriendo hacia él, cuando aparecía algún coche en un camino rural por ejemplo, que no podías esperar a que él te mirara para darle el comando de quieto, pero era algo completamente natural, dadas las circunstancias).

Con todo ello, los primeros años de epilepsia fueron bastante benevolentes. Con la medicación, la epilepsia aparecía un ratito al mes y luego marchaba hasta pasadas unas 4 o 5 semanas. Ya sabíamos que esa mañana, tarde o noche (tras el ataque epiléptico) ibamos a quedarnos en casa descansando. A él siempre le gustó descansar y recuperarse encima mía, como sabiendo que cuando aquello pasaba, yo le ayudaba. De hecho cuando empezaba a sentirse mal venía a buscarme inquieto, y nos daba tiempo para buscar la mejor posición para él. Otras veces no, otras veces el ataque venía sin avisar, pero como siempre estábamos juntos, podía asistirle.

Siempre estábamos juntos porque tuve la suerte de crear un ambiente de trabajo que me permitiera estar con él la mayor parte del tiempo, ya que la epilepsia no avisa con días de antelación. Cuando no podía estar con él (cuando tenía intervenciones) siempre le dejaba con algun Dogsitter, adiestrador, familiares o guardería canina, con la medicación de emergencia de la epilepsia, y yo siempre pendiente del teléfono por si me llamaban.

Aun con todo, él siempre eligió ser feliz. A mí eso me maravillaba. Siempre vivió el momento y disfrutaba cada día. Yo, por mi parte, pormenorizaba muchas de las complicaciones que los humanos tenemos, ya que entendí gracias a él aquello que dicen que la felicidad y la tranquilidad es una decisión, y es verdad. Saber mirar a tus problemas y circunstancias desde un punto de vista más alejado u objetivo, y darte cuenta de la fragilidad de la vida, de que todo puede cambiar en una fracción de segundo, es algo que a mí ningún gurú me enseñó, lo hizo mi perro.

 

Estaba tan maravillado de su decisión de vida, que comencé a introducirle en algunas de mis sesiones de trabajo. Después de todo tenía un alto entrenamiento y sabía que le iba a encantar ser el centro de atención, jugar con humanos y recibir mimos y comida. Si bien tenía mis preocupaciones sobre las posibles limitaciones acerca de la sordera, pronto pude ver que era uno de sus puntos fuertes. La intervención asistida con animales se centra en la interacción del beneficiario con el animal, y el hecho de que el animal, en este caso, fuera sordo, hacía que los beneficiarios aumentaran su interacción con él, por lo que podíamos potenciar aún más los objetivos a trabajar.

Corcho me ayudó a hacer entender a muchos peques que una discapacidad no es nada malo, ni te hace valer menos, ni eres más raro por eso.

Al fin y al cabo, todos somos raros en cierta medida. Todos somos diversos y esa sí que es la norma. Él ayudó, con su actitud hacia la vida, a muchos peques vulnerables a aceptar sus circunstancias o discapacidades con quienes yo trabajaba. Ayudó a peques a empatizar con otros niños con autismo o pluridiscapacidad, dandoles la valía que merecen. Acudió a coles a dar ejemplo de inclusión y aceptación. Acudió a hospitales a ayudar a hacer ver a peques que la actitud ante las circunstancias es casi casi milagrosa, que lo cambia todo. Llegó a trabajar en un centro de daño cerebral, para trabajar con peques y adolescentes con daño cerebral sobrevenido. Después de todo, quién mejor que él para ayudarles a entender que el esfuerzo en la rehabiltación merecía la pena, que la actitud cura los malos pensamientos, y que con el apoyo de los que te quieren puedes.

Aún así, yo siempre era muy receloso de las sesiones que trabajaba. Para él no era trabajo ni debía serlo, sólo juego, por lo que debía estar bien físicamente para ello.

Pasamos 2 años geniales de viajes, montaña, largos paseos, entrenamiento, trabajo y juegos. Al poco de cumplir los cuatro años, el viernes del puente de Mayo (nunca se me olvidará) eso cambió. Era por la mañana, yo estaba en Madrid en una reunión del programa de gestión emocional para peques en hospitales que trabajaba. Corcho se había quedado en casa de mis padres, en Segovia. A mitad de la reunión me llamó mi madre diciéndome que Corcho había tenído no un ataque epiléptico, sino varios seguidos, y que no se calmaba, ni con la medicación de emergencia. Rápidamente salí de la reunión y cogí el coche para volver a Segovia a por él y llevarlo a urgencias veterinarias. Pero todas las carreteras estaban completamente atestadas de coches en la operación salida del puente de mayo y había unos atascos considerables. Tardé unas dos horas en poder llegar (imaginad mi frustracción). En ese tiempo le dieron un total de siete ataques epilépticos (las circunstancias quisieron que mis padres no fueran capaces de llevarle a urgencias, y se asustaron mucho, no supieron reaccionar mejor). Ya en urgencias le bajaron la temperatura corporal y le sedaron para parar los ataques.

El problema fue que la epilepsia evolucionó a epilepsia en racimo. Esto hace que, una vez el cerebro inicia las descargas eléctricas propias de un ataque, las repite una y otra vez en varios ataques sin control alguno o sin final, hasta que, en el caso de que no se intervenga, se dé un infarto cerebral o de corazón, como resultado de la temperatura inusual y del esfuerzo titánico, respectivamente.

Los profesionales veterinarios lograron estabilizarle, y estuvo un par de semanas ingresado en el hospital veterinario. Del cambio de temperatura y del esfuerzo, además, cogió una neumonía, lo cual complicaba aún más el diagnóstico. El pronóstico era reservado, ya que era bastante complicado que saliera de esa, y si salía lo más probable era que hubiera un daño cerebral importante consecuente que le impidiera tener una buena calidad de vida.

Yo me preparé para lo peor, si no iba a tener ya calidad de vida, no iba a hacerle sufrir. Una cosa siempre tuve clara, su vida no fue como la de cualquier otro perro, estuvo llena de complicaciones y falta de salud, pero él tenía una buena calidad de vida (dentro de sus circunstancias) y disfrutaba de la vida. Mientras él pudiera disfrutar, yo le acompañaría en el proceso.

Contra todo pronóstico de los veterinarios, se recuperó, y si bien le costó varios meses volver a caminar con total independiencia, afortunadamente no tuvo un daño cerebral severo. A los 6 meses, casi casi, era como si nada hubiera pasado. Increíble.

 

Es curioso cómo funciona el vínculo humano-animal. Mientras él estaba ingresado con la neumonía, a mi me empezó a subir la fiebre. Acudí al hospital y me dijeron que tenía neumonía. Era mayo, no hacía frío, yo no estuve en ningún lugar lúgrube ni nada, ni la neumonía se contagia, pero supongo que las defensas me bajaron tanto que voilá, neumonía. En el hospital me dijeron que me iban a ingresar, pero yo no quise. En un par de días iba a recoger a Corcho que le daban el alta, ya que, aún con neumonía, su vida ya no corría peligro. No quería que otros le tuvieran que cuidar, quise hacerlo yo (llámame testarudo). Le dije al médico que pasaría la neumonía en mi casa y que ante cualquier cosa volvía a urgencias. Y así hice. Recogí a Corchete del hospital y estuvimos en casa un par de semanas los dos en la cama, recuperándonos (por supuesto tenía mi familia que me ayudaba).

Siempre tuve dudas de cuándo sería el día que la vida le dejara de compensar a Corcho. Lo último que yo quería era mantener una situación de dolor para él, o donde él sufriera a tal punto que no le compensara vivir.Por eso cada pocas semanas estábamos en el veterinario, para ir chequeando que todo estaba yendo bien, dentro de sus posibilidades y que, cuando fisiológocamente ya no le compensara, poder saberlo a ciencia cierta. Pero él siempre eligió ser feliz. Cada día lo disfrutaba como si fuera el último, de verdad. Para él todo era emocionante, y divertido.

Yo sabía que no iba a llegar a la vejez, pero vivía con los dedos cruzados. Fueron apareciendo cada vez más enfermedades (fruto de la genética, al más puro estilo de los Austrias), y todas tenían un mal pronóstico a largo plazo, pero le permitían vivir a corto plazo.

El tiroides le dejó de funcionar, y empezamos a mediar contra el hipotiroidismo con medicación. De la compensación de las patas de los años atras, comenzó a desarrollar artrosis y artriris en las patas delanteras. La vesícula biliar no cumplía su función. Los riñones tampoco funcionaban al 100%. Tenía anemia crónica. Comenzó a desarrollar una enfermedad ósea que hacía que sus huesos fueran calcificando y creciendo poco a poco pero sin control, lo que haría que (en una supuesta vejez) terminara tetrapléjico. El estómago lo tenía delicado, sólo toleraba comida hipoalergénica y según qué medicamentos. La piel la tenía aún más sensible, pipetas y collares le provocaban reacción alérgica.

Jamás conocí un perro con tantas complicaciones. A mí siempre me rondaba la preocupación de cuándo le iba a dejar de compensar vivir. Por cada afección que tenía, había una solución médica, que le permitía tener una vida independiente y más o menos como cualquier otro perro. Ante eso, y analizando su actitud hacia la vida, decidía continuar. De todo lo anterior, lo que más me preocupaba era la epilepsia, había que tenerla muy controlada, y en el aquellos momentos en los que un segundo ataque epiléptico aparecía (la medicacion lo minimizaba al máximo) ya estabamos en el hospital veterinario para que le ayudaran. El resto de afecciones se compensaban con medicación y le permitían vivir sin muchas complicaciones a corto plazo, sabiendo que no habría largo plazo.

Todo esto para mí fue un tiempo de autoconocimiento. Puedes pensar que la ayuda fue unidireccional, de mí hacia él, pero no es así. Corcho consiguió lo que nadie había conseguido en mí, hacerme ver mi valía, mi resolución y mi capacidad de amar.

Yo siempre he tenido problemas de baja autoestima, y he tenido que lidiar mucho con el síndrome del impostor, nunca me he creído gran cosa, ni especial ni nada similar. Pero, todas las situaciones en las que me he visto para intentar ayudar a mi perro han hecho que me diera cuenta de que el amor es infinito, da igual que sea hacia una persona, un perro o un pájaro, es infinito.

Estos años no me fui de vacaciones, si me iba, era a algún lugar para que él mejorara sus síntomas. Allí donde fuera, él venía conmigo. El trabajo lo modifiqué a tal punto para que pudiera estar con él (o llevarlo a guardería en momentos que no podía). Ha venido conmigo a impartir clase en varias universidades, en simposios y ponencias, inclusive a celebraciones de gala para recoger premios por mi trabajo. En cuanto al ocio, si él no podía venir, yo simplemente no iba.

Quizá desde fuera pueda parecer un tanto exagerado, pero yo era plenamente consciente de su fragilidad, y que todo podía cambiar en un segundo. Dormíamos juntos, yo con una mano sobre él siempre tocándole para que, cuando la epilepsia viniera saberlo desde el primer momento (era más común por las noches). Todo ello lo hice y lo volvería a hacer mil veces, porque no me costaba nada, ni jamás le eché nada en cara, era mi perro y le quería, y él me quería a mí. Había gente a mi alrededor que jamás llegó a entenderlo, sobre todo el tema económico, pero ha sido de las primeras veces en mi vida que lo que pensaran los demás realmente me dió igual, porque sabía que estas experiencias o las vives o jamás te harás una idea de lo que implican, conllevan, sientes, padeces, experimentas o amas.

En el tramo final de su vida realicé una campaña de recaudación de fondos, ya no era capaz de solventar económicamente todas sus necesidades, que cada vez eran más. Si bien nunca lo hubiera hecho por mí, no dudé en hacerlo por él.Me daba completamente igual lo que pensara nadie. Pero la reacción de la gente me maravilló.

Mucha gente le ayudó con lo que pudo. Muchas de las personas que lo conocieron le ayudaron sin pensarlo, y otros tantos que no le habían conocido también. Muchos de los alumnos a los que yo les había dado clase (con él) no dudaron en ayudarle. Muchos colegas del sector de las intervenciones con animales (de fuera de la entidad donde yo trabajaba) no dudaron en ayudarle desinterasadamente. Mucha gente bonita le ayudó, incluidos los veterinarios, quienes me dieron todas las facilidades del mundo para irles abonando todos los tratamientos poco a poco.

Y así, con tanto cariño de tanta gente, él vivió y disfrutó, mientras su cuerpo pudo. A veces me lamentaba de por qué Corcho tenía que ser el perro con más mala suerte del mundo, si bien luego me respondía a mí mismo cambiándole el enfoque: quizá fuera el perro con más suerte del mundo. Cuántos casos de perros, gatos y otros animales existen en el mundo en las calles, sin tratamiento para sus dolencias, sin comida, sin amparo.

Los últimos meses, su cuerpo comenzó a dar señales de que ya no podía seguir el ritmo, si bien mentalmente estuvo perfecto, comenzó a deteriorarse. La artrosis de las patas ya era bastante grande, comenzó a perder fuerza en ellas, y la posibilidad de silla de ruedas (para 2 o 4 patas) no era opción para él, debido precisamente a la artrosis y artritis. También, a consecuencia de todos estos años de ataques epilépticos, comenzó a hacerse tangible la demencia.

Con 8 años volvió entonces otra vez a ser aquel cachorro que quería jugar con todo y con todos, apenas sin poder andar.Yo subía y bajaba las escaleras con él en brazos, y le sacaba a la calle sujetándole con un arnés especial para sujetar cadera y otro para sujetar el pecho, y lo hubiera hecho el tiempo que hubiera hecho falta con tal de que se hubiera quedado conmigo. Pero el amor no es egoismo, y no quise mantenerle sólo por el hecho de que no me quería despedír de él. No quería, pero era lo mejor para él, no para mí. Habíamos pasado tantas cosas juntos que no era capaz de pensar que ya no iba a estar, aún cuando pasé toda su vida pensando si iba a llegar a su próximo cumpleaños.

Los veterinarios, con su visión profesional, vieron que la vida ya dejaba de compensarle, y así me lo hicieron saber. Aunque él quisiera, su cuerpo ya no le iba a responder, y el declive iba a ser progresivo pero imparable. Me plantearon la opción de dormirle antes de que eso sucediera. Para mí, aún con toda la preparación de los años anteriores, fue un batacazo emocional. Dudé, dudé muchísimo sobre si dormirle o mantenerle un poco más. Me aferraba a que, siempre había salido de todas las complicaciones, de una manera u otra. No me imaginaba mi vida sin él, sin su gran cabeza sobre mi pecho, sin sus ronquidos, sin sus babas...

Pero el amor es eso, amar, y desde el amor tuve que darme cuenta que la mejor de las opciones para él era evitarle un declive doloroso y frustrante, aunque odiara la idea. La verdad es que tuve una lucha interna conmigo mismo muy dura, no quería dormirlo, no quería tener que tomar la decisión, no quería que la decisión fuera mía. Cada día cambiaba de opinión. Un día le veía más animado y me agarraba a la lucha. Otro le veía frustrado y veía claro que no quería que viviera aquello. Al final, en contra de lo que yo quería y sentía, pero siendo fiel a mi promesa hacia él de que cuando ya no le compensara vivir, actuaría en consecuencia, tomé la decisión de dormirle.

Ha sido la decisión más dificil de mi vida, por mucho. Si el animal está moribundo, con un gran sufrimiento, es sencillo decidir dormirle, para aliviar su dolor. Pero en este caso, eran los momentos iniciales o previos a ese estado, y él, mentalmente, estaba animado. Para mí era como si le fallara, como si de algún modo eligiera no tenerlo más en mi vida, pero por encima de esa creencia sabía que la opinión de los veterinarios no era baladí, y no me lo plantearon hasta que realmente lo consideraron la última de las opciones.

Afortunadamente pude tenerlo aún un par de semanas. Era agosto, los veterinarios iban de vacaciones, y estimaron que dos semanas más no iba a suponer un declive muy pronunciado en su estado. Quizá lo dijeron porque yo les decía que yo no estaba preparado, que necesitaba más tiempo, y me lo concedieron. Así, se programó el día de la eutanasia para el 8 de septiembre, al poco de volver ellos de vacaciones y yo poder realizar cambios en mi trabajo para tener esos días libres.

Esas dos semanas le llevé a todos los sitios que le gustaba, el pantano, el monte, el pinar, etc. Ya no podía caminar, pero nos sentábamos en cada lugar a mirar el entorno, oler lo que el viento traía y estar tranquilos, juntos. Los días previos tuvo problemas estomacales, y comencé a ver su frustración por no poder hacer sus necesidades de manera autónoma (tenía que sujetarle yo) y empezaba a lloriquear en situaciones donde la demencia le mantenía algo confundido.

Les pedí a los veterinarios el favor de que la eutanasia fuera en casa, para que él muriera tranquilo, rodeado de los suyos. Y así fue. Esa mañana marchamos al pinar que más le gustaba a él, y donde habíamos pasado tantas horas, y paseamos un poco por última vez. Hasta yendo sostenido por dos arneses disfrutaba el camino, y en su parte favorita del paseo (una zona de arena donde siempre echaba a correr) hizo el intento de correr varias veces. Disfrutó de la vida hasta el último momento.

Ya de vuelta en casa, puse su colchón en mitad del salón y me tumbé con él a esperar a los veterinarios. Él estaba muy tranquilo y de buen humor. Estaba feliz con su mendrugo de pan (que llevaba años sin comer por intolerancia). Cuando los veterinarios llegaron a casa no quisieron demorar más y le administraron el anestésico. Ese momento tampoco se me olvidará. Poco antes de quedarse dormido me miró a los ojos y movió su cola. Lo último que hizo fue mirarme y mover la cola. No se si él fue consciente de que ese era el final, no sé si ese movimiento de cola era una despedida, un agradecimiento o simplemente un “hey tío”, pero fué lo último que hizo.

Una vez ya dormido le administraron el medicamento final y en pocos segundos ya se había ido, sin ningún tipo de dolor. Y desde aquel momento todo cambió. 8 años y medio vivió.

Al poco tiempo ya tenía sus cenizas, y si bien había pensado en soltarlas arriba en el monte, donde tanto entrenamiento hicimos, una vez las tuve no pude hacerlo. Aún las conservo. Pero me faltaba hacer algo. Yo nunca me he hecho ningún tatuaje, porque no era algo significativo para mí, hasta ese momento.

Corcho supuso una huella tan tan grande en mí que no dudé en buscar un tatuador de realismo que dejara en mi piel la misma marca que él había dejado en mi alma. Aún así, fui un paso más allá, y busqué un laboratorio que pudiera tratar las cenizas para poder inbuirlas en la tinta del tatuaje. Así, pasara lo que pasara, siempre estaría conmigo. Encontré un laboratorio en Inglaterra especializado en ello y así hice. Les envié parte de las cenizas y en unas semanas ya tenía los botes de tinta.

El tatuaje me lo hice en un estudio llamado La Manuela tattoo de Madrid (Insta: @lamanuelatattoo), donde hay unos tatuadores brutales. De entre ellos, Valeria, una tatuadora única especializada en realismo con animales, quien accedió sin juzgarme a tatuarme con la tinta con las cenizas (Su insta: @lacolmenatattoo). Yo tenía mi miedo de que me llamaran frikie, trastornado o algo similar, pero ella reaccionó muy bien, me entendió a la perfección, ya que ella también es una amante de los animales y haría lo mismo con sus perretes. El tatuaje quedó brutal. Me lo hice en el brazo donde él solía apoyarse cuando se acurrucaba conmigo después de los ataques, y donde él se sentía más seguro.

Hoy sigo echandole de menos, y creo que lo haré el resto de mi vida. Sigo lidiando con su ausencia y el vacío que ha dejado, pero le estoy eternamente agradecido por haber transformado mi vida en algo valioso y lleno de cariño, amor y compasión.

Con él conocí el amor, el de verdad. A él le quise como a ningún humano he querido, de verdad. Ahora lo pienso y volvería a pasar por lo mismo una y mil veces. Volvería a renunciar a lo mismo una mil veces. Volvería a quererle una y mil veces. Todo el amor que soy capaz de dar hoy, toda la aceptación hacia el otro, toda la pormenorización de los problemas, la conciencia de valía del momento presente, de la fragilidad de la vida, de lo hermoso de la vida, de que realmente merece la pena vivirla, me lo ha enseñado él.

Gracias, mi corchetete, gracias corazón mío, gracias alma mía. Gracias. Siempre te tendré en mi mente y siempre serás parte de mi. Hasta siempre."

 

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