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La interacción con humanos puede salvar las vidas de perros miedosos que entran en una perrera

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En EEUU muchas protectoras o perreras hacen una prueba básica para ver si un perro es potencialmente agresivo o no, para ver si puede ser dado en adopción. Lo que hacen es estos (polémicos) tests de comportamiento es comprobar si el can mantiene contacto visual, si deja que le toquen, si reacciona cuando alguien le retira el plato de comida o un juguete... El problema de una prueba así es que muchos perros que no son agresivos lo parecen. Los perros con miedo, por ejemplo, pueden mostrarse agresivos al estar estresados, y no hay nada más estresante para ellos que entrar en una perrera tras haber sido abandonados por su familia o tras haber sido encontrados en la calle. El resultado es que muchos de esos canes serán sacrificados puesto que al no pasar la prueba se considera que no son aptos para la adopción.

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A veces es impresionante comprobar lo mucho que se puede ayudar a ciertos perros con un pequeño esfuerzo. Es lo que acaba de demostrar un estudio liderado por Regina M. Willen que ha analizado el efecto que tiene para un perro miedoso que entra en una perrera el poder pasar tiempo fuera del chenil, en un entorno más relajado, interactuando tranquilamente con alguna persona.

En solo cinco días, con solo pasar 15 minutos, dos veces al día, junto a humanos con conocimientos de lenguaje canino y en un entorno tranquilo, todos los perros lograron pasar la prueba estándar que se hace para determinar que pueden ser adoptados, la que analiza si son potencialmente agresivos.

En el grupo de perros -previamente etiquetados como miedosos- que no recibieron estas sesiones de enriquecimiento ambiental, 8 de cada 10 no lograron pasar la prueba. Y por lo tanto, podrían correr el riesgo de ser sacrificados. 

Los investigadores también examinaron el estado afectivo de los perros en una prueba de sesgo cognitivo. Aquí también se comprobó que los canes que habían mantenido interacciones con humanos durante esos cinco días se mostraban más positivos, algo similar a lo recientemente comprobó Alexandra Horowitz al analizar los efectos del trabajo de nariz.

Es decir, un buen número de perros "etiquetados" como agresivos al llegar a una perrera son en realidad perros con miedo que se muestran agresivos porque no tienen alternativa.

Si estos canes pudieran pasar algo de tiempo cada día con voluntarios que se ocuparan de interactuar con ellos con calma, sus posibilidades de encontrarse mejor y mostrarse más equilibrados, sus posibilidades de poder ser adoptados, aumentarían exponencialmente.  

Los resultados de este estudio también vuelven a poner en evidencia lo problemáticas que son las pruebas de comportamiento que actualmente deciden el destino de miles de animales en EEUU, enviando a demasiados de ellos a la muerte.

Es algo que ya ha quedado demostrado a través de otros estudios: se calcula que algunas de esas pruebas llegan a fallar hasta en el 84% de las veces a la hora de evaluar correctamente el comportamiento de un can.

 

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